2 sept. 2002

Consuelo M. González o la pureza del alma inquieta

Todos sabemos que una buena persona puede ser un mal artista. 
Pero nadie será un verdadero artista
a menos que sea también un gran ser humano, 
es decir, una buena persona.
MARC CHAGALL


Pureza infantil. Primitivismo sensato. Sabiduría atrincherada en la experiencia. Cansancio espiritual. Sufrimiento asumido. Resignación. Algo de aliento. Inquietud. Nostalgia. Melancolía. Alerta.
            Las escenas de Consuelo María González fluctúan entre la realidad y el sueño, lo empírico y lo mental. Su ambiguo arsenal imaginario se materializa en representaciones irónicas, lúdicas, grotescas o apesadumbradas y, casi siempre, escépticas.
            González crea criaturas híbridas y personajes antropomorfos deformados, mutilados, retorcidos. Algunos sonríen irónicamente, pero la mayoría expresan angustia existencial. Se conforman con mirar de frente y soportar su realidad con escasas dosis de una ilusión innata, tal vez ingenua. Hombres y animales se fusionan para convertirse en seres nuevos, compuestos de rasgos de unos y otros. Dan lugar a imágenes teratológicas. Sin pretenderlo, González crea pandemónium visuales, o representaciones nuevas fruto de la yuxtaposición de diversos elementos que nada tienen que ver entre sí.
            Los brazos, piernas y cuellos de esos individuos se alargan y retuercen o engordan hasta perder sus formas. Pero el drama se acentúa cuando estas extremidades están mutiladas e invalidadas, o simplemente, no están; y la normalidad con que estos seres asumen su tragedia agudiza la crítica subyacente de González.
             Máscaras primitivas tendidas en el suelo; pisoteadas. Rostros que son caretas de lobo.   Una cabeza de caballo–máscara que sustituye la cabeza del hombre. Esta tendencia de González a esconder al individuo tras sus disfraces remiten directamente a Goya y a su tajante ironía sobre la farsa del ser humano.
            Los seres anómalos de Consuelo María habitan espacios lóbregos, ambiguos e indeterminados. Sólo en escasas ocasiones es posible distinguir detalles definitorios de las edificaciones interiores donde se ubican, como un arco románico o las ventanas y objetos típicos de una cocina tradicional, pero poblada de misterio.
            Diversos pajarillos —símbolo del alma escapándose del cuerpo— revolotean por estas escenas creando ritmo; mientras que los peces —asociados al nacimiento y la restauración cíclica— están pegados a las complexiones o indumentarias de algunas mujeres de mirada melancólica.

Recursos y técnicas

El frotagge (o difuminado con un trapo) y el énfasis en las texturas táctiles de los pliegues del papel de seda arrugado son procedimientos frecuentes de González, quien, en ocasiones, también se vale de la tipografía como un intento de una comunicación que no  llega a fraguarse, pues su escritura carece de significado y se convierte en pura línea o trazo plástico. Además, la artista acentúa las paradojas de sus situaciones inciertas mediante diversos usos del collage plástico. Y uno los cuadros donde el collage, con reminiscencias cubistas, se revela en todo su esplendor, es El vendedor de periódicos, una pintura poblada de crítica e ironía, pues la artista introduce sagazmente un recorte de prensa donde se puede leer: “Ser mujer en un mundo de hombres”; tras este personaje masculino alegre, de mirada perdida, agoniza una mujer con claros rasgos picassianos y, tras ella, se percibe un paisaje luminoso, poco frecuente en esta artista.
González a menudo repite los motivos clave del lienzo; manipula los contenidos figurativos como si formaran parte de cuadros abstractos, y así crea ritmos continuos o alternos; de esta manera, los elementos tienen un doble, como si existieran espejos invisibles flotando en el espacio plástico, esa superficie pensada como un todo unitario.

Vocación escultórica

Consuelo González se inició al arte a través de la creación tridimensional. Ya con quince años realizaba esculturas en madera, con una expresión tendente al primitivismo africano. Tiempo después, experimentó con el cemento hasta que, por diversas circunstancias, se vio obligada a dar el paso de la escultura a la pintura. “Al  principio yo no concebía el color. Me costaba meterme en el campo de la pintura —afirma la artista— la escultura es mi desconsuelo, pero parece que la pintura es mi destino”. Por eso, las primeras obras bidimensionales de González recogían diversos componentes escultóricos, y en ellas primaba la esencia matérica e informal frente al color, la mancha o la textura pictórica. En la actualidad, la creadora apacigua su inquietud escultórica manipulando objetos encontrados, viejos e inútiles (como máquinas de coser, lámparas, fuentes o jarrones rotos), que transforma en objetos estéticos.

Una creación intuitiva

La trayectoria pictórica de González no ha sido común, pues al contrario que la mayoría de los artistas, ha pasado de la abstracción a la figuración. Pero, si sus primeras pinturas eran abstractas, en la actualidad también parte de la abstracción para componer sus figuraciones. “Las formas abstractas me sugieren formas, que poco a poco voy sacando desde el fondo del lienzo”.
            Las obras de González son inocentes y directas. Su proceder tiene lugar de manera análoga (aunque con otros resultados) que la del surrealista Yves Tanguy (1900 - 1995), quien afirmaba: “La pintura se desarrolla ante mis ojos, desenvolviendo sus sorpresas a medida que progresa. Esto es lo que da la sensación de completa libertad, por el motivo de que soy incapaz de trazar un plan o hacer un esbozo previamente”. González también crea en libertad porque está descontaminada de toda clase de filosofías y enredos intelectuales, y en este sentido, el concepto que subyace en su obra, así como su carácter espontáneo e intuitivo, recuerda a la filosofía artística de Jean Dubuffet, defensor del arte bruto o arte crudo. González, no destruye excesivas obras y apenas elabora bocetos, prefiere dejarse sorprender por su propia pintura a medida que avanza.

Palimpsestos plásticos

Su proceso técnico sigue una serie de pasos constantes que dan lugar a verdaderos palimpsestos plásticos compuestos de diversas capas e ingredientes pictóricos. Primero, mancha amplias zonas de la chapa o del cartón, distribuyendo en el soporte las zonas de color. En principio, su dibujo es impreciso y vago, como una imagen borrosa extraída de un sueño. Después, adhiere, con cola de carpintero, diversos fragmentos de papel de seda, que recubre con una capa de betún marrón, y el barnizado con esta sustancia es una de las causas de la oscuridad y del aspecto de envejecido de sus obras. Finalizado este ritual, Consuelo se embarca en la actividad más creativa. El empleo de las técnicas mixtas (acrílico, guaches, tintas...) —unas veces con afán experimental (para potenciar los efectos del azar) y otras más controlado y concienzudo— se aúna con ese intento de trasladar sus imágenes mentales a la superficie plástica.

Fantasmas del subconsciente

González pinta a tientas. La intuición, un arsenal imaginario y un carácter inquieto y experimental son los aliados que le permiten crear y liberarse de los fantasmas que anidan en su subconsciente. Así, poco a poco, esos primeros planos cromáticos abstractos definen sus contornos y se convierten en figuras. Individuos desolados, enmascarados y desproporcionados que recuerdan, en cierto modo, a las figuras de Karel Appel y del grupo Cobra, en general, pues como este colectivo, Consuelo huye de la mímesis para concentrarse en reflejar el alma. Su estilo personal es miscelánea de expresionismo y surrealismo, a pesar de que su concepción creativa se aleja, respectivamente, de la crítica consciente y de las teorías intelectuales de estas dos tendencias de vanguardia.

Narrativa visual

Uno de los cuadros más cómicos, grotescos y narrativos de González se sumerge en una tendencia surrealista que conecta sobre todo con Max Ernst. Representa a un grupo de personajes híbridos ubicados en una arquitectura románica medio devastada. La cabeza de uno de estos seres —que se sustenta en una sola pierna y carece de brazos— es un pato sobre una cesta. El individuo de al lado, con cuerpo de hombre robusto, presenta un rostro mezcla de perro (sobre todo por el hocico) y gallo. Frente a ellos vuela un ave a la que está atada una cabeza humana. Debajo, una especie de cabra-gato con rostro humanizado observa al espectador. Y en primer plano, hay un ser humano de espaldas, con un rostro ladeado que se prolonga hasta convertirse en el arco situado tras los otros personajes. Las casas y montañas del fondo potencian una profundidad espacial poco común en las obras de esta artista. El cuadro, poblado de muchos otros detalles y anécdotas visuales, permiten que cualquier espectador especule con esa escena y tal vez se invente una historia que González deja abierta, sumergida en su común ambigüedad onírica.
            Muchos de los personajes de González aparecen unidos mediante un beso. Sin embargo, este roce físico anula todo intento de comunicación espiritual, pues estos seres parecen desconocidos y hacen pensar que sus mentes navegan por otras esferas. Una de las imágenes donde el beso adquiere una fuerza particular representa un trío compuesto de un individuo masculino con dos mujeres, la que besa entregada y la que él hombre acoge entre sus piernas; no hay fusión real entre ninguno de estos seres. Solitarios inmensamente.



FUENTE BIBLIOGRÁFICA: MORALES JIMÉNEZ, ELENA. "Consuelo M. González o la pureza del alma inquieta" (traducido al inglés en el mismo catálogo: "Consuelo M. González: The purity of a restless soul". En: Consuelo M. González. Fundación Colegio del Rey. Organismo autónomo de cultura del Exclamo Ayuntamiento de Alcalá de Henares. Madrid, 2002.