2 sept. 2012

Fernando Vallejo: Zoo paradojas

Seguramente, el hombre es el rey de los animales, 
pues su brutalidad supera a la de estos

Leonardo Da Vinci

Fernando Vallejo recrea en sus últimas pinturas un mundo trastocado, ilógico, con cierto carácter onírico y surrealista. Un bestiario plástico poblado de leones y tigres emergiendo desde la oscuridad de misteriosos pórticos; jirafas junto a mesas de billar sin querer jugar a ser hombres o ajenas a la próxima salida de un vuelo nacional del aeropuerto por donde deambulan; tigres en la sala de recogida del equipaje, aunque sin esperar sus maletas, más bien deseosos de encontrar alguna posible víctima con la que saciar su hambre; o estos mismos felinos devorando pedazos de carne en un campo de fútbol ausente de personas.


Este gran protagonismo que adquieren los animales en los cuadros del pintor tinerfeño con el objetivo de comunicar un mensaje determinado entronca con creadores contemporáneos como el estadounidense Chris Buzzeli o la austríaca Deborah Sengl. Sin embargo, al contrario que los seres de los respectivos imaginarios de estos artistas, los que vemos representados de forma realista en las obras de Vallejo no están integrados en el nuevo medio que ocupan o habitan. Tampoco sufren, como cabría esperar, ningún tipo de personalización, ni transformación, ni hibridación. Esta aparente “normalidad” con la que transitan por lugares inhabituales para ellos, esta perfecta permanencia de su esencia de animal y esta ausencia de humanización son las que, precisamente, provocan el choque visual, el desconcierto en el espectador. Y es que lo que, ante todo, destaca en estas escenas de Vallejo es la paradoja surgida del trastoque de los contextos, del triunfo de lo irracional y la conquista de lo absurdo como método para provocar e inducir a la reflexión.
Así, el elefante irrumpe en el angosto espacio que le ha dejado para sí la avaricia del hombre, y, con su pesadez y torpeza, no puede evitar hacer tambalear a los frágiles objetos situados a su paso. 

Los pingüinos en el interior de un palacio son percibidos por nuestro imaginario simbólico como señores con frac en una fiesta exclusiva para hombres; aunque, en realidad, ellos actúan igual que si estuvieran en la Antártida. Sólo es nuestra mente metafórica la que inevitablemente vuela e inventa fantasiosas interpretaciones ante unas pinturas plurales y abiertas semánticamente.

Cebras cruzando por un paso de cebras; leopardos junto a coches de carreras de fórmula uno; la voluminosidad de un camión detrás de dos mastodontes… La analogía es el principal recurso retórico del que se vale Fernando Vallejo para construir sus zoo paradojas visuales. Acrílicos sobre lienzos en los que la disposición de sus motivos y texturas gráficas originan atractivos ritmos continuos y alternos internos dando lugar a una riqueza plástica que no pasa desapercibida. Composiciones dinámicas y equilibradas en las que el artista no solo logra subvertir y concienciar, sino también jugar y divertirse, como Ramón Gómez de la Serna cuando creó sus greguerías.

Por eso, el cocodrilo (símbolo de duplicidad e hipocresía) entra en una tienda para comprarse una camiseta de marca de la que es a su vez logotipo o dibujo (Lacoste). Los loros se instalan en los teléfonos públicos, tal vez, para imitarnos y burlarse de nuestra poca cabeza y nuestro gran egoísmo. Los buitres junto a desperdicios inorgánicos se ven imposibilitados de cumplir, esta vez, su misión regeneradora de las fuerzas vitales. Las serpientes (sin dejar de aludir a su tradicional vínculo con el mito de la tentación y el pecado) se mimetizan en bufandas, pañuelos, cinturones u otros accesorios al aparecer en el interior de bolsas de compra de multinacionales. Y, en el cine, mientras se proyecta una película de Metro-Goldwyn-Mayer, el famoso emblema de esta compañía (creado en 1928) abandona la pantalla para unirse con sus compañeros leones del cuadro, por cierto, totalmente desinteresados en el film y, en general, en lo que acontece frente a ellos.

Mensaje ecológico

¿Qué pasaría si el ser humano perpetuara su afán de destrucción de la naturaleza y terminara de deforestar gran parte de los ecosistemas que aún perviven? 

¿Y si los animales no encontraran otros ámbitos para sobrevivir sino los creados por el hombre expresamente para el hombre?

Las fieras deambularían por los territorios que les hemos usurpados, aterrorizando a las personas y despoblando las ciudades. Invadirían esos espacios, destruyendo, aún sin proponérselo, los objetos que se encontraran a su paso, como la pantera que hace caer la mecedora de mimbre y el vaso de cristal de una de las pinturas de Fernando Vallejo.

La denuncia ecológica de este artista es lúdica, indirecta e irónica, a veces sarcástica, y no está exenta de humor. Pero no por ello es menos crítica. Todas las situaciones que propone se desarrollan con aparente tranquilidad y parsimonia. Sin embargo, una y otra vez, Fernando Vallejo nos recuerda que no toleramos que estos carnívoros se apoderen de “nuestros” territorios, aún cuando hemos sido nosotros los que hemos destruido gran parte de los suyos; y, en ese sentido, en vez de mostrarnos la agresividad de las fieras, nos impulsa a pensar en el lado más salvaje del ser humano, en la facultad del hombre para autodestruirse y convertir el territorio conquistado en un desconcertante Zoo ilógico o una irracional “feria de fieras”.

Asimismo, en esta magnífica muestra que ahora nos presenta de forma muy oportuna el Museo de la Naturaleza y el Hombre, la especulación de Fernando Vallejo se ve reforzada por el mensaje que transportan las cuatro esculturas de Gervasio Arturo, realizadas mediante la técnica de la resina sintética. Unas obras de gran fuerza expresiva y dramática, que viajan a un futuro lejano y calamitoso, pues son presagios de la destrucción final del animal y del hombre: apenas unos fósiles entre edificaciones sin identificar y en ruinas.

En definitiva, retratando las fieras en lugares cotidianos para el hombre, inventando situaciones inesperadas, extrañas y contradictorias, Vallejo reivindica la urgente protección de la biodiversidad y del equilibro de los diversos ecosistemas de nuestro planeta; y nos estimula también a conectar con nuestra propia esencia de animal, no de bestia salvaje sino de ser vivo intuitivo y libre, “el ser del ser”, como diría Salvador Quasimodo, ese que habita en nuestro interior.

FUENTE BIBLIOGRÁFICA:

MORALES JIMÉNEZ, ELENA. "Fernando Vallejo: Zoo paradojas". En Fernando Vallejo. Zoo-ilógico. Organismo Autónomo de Museos y Centros. Cabildo de Tenerife, septiembre de 2012